Durante los últimos días estuve trabajando en algo que, visto desde cierta distancia, todavía me parece difícil de creer: darle vida a “El títere que ve los hilos”, una canción que escribí cuando tenía 14 años.

Hoy tengo 44. Entre ese adolescente que imaginó una letra y una melodía y el adulto que finalmente pudo convertirlas en una canción y un videoclip han pasado tres décadas. Treinta años en los que esa canción siguió existiendo únicamente en mi mente.

Cuando la escribí vivía en La Florida y pasaba buena parte del día en la calle con mis amigos jugando a la pelota, conversando, caminando por el barrio y escuchando música, sobre todo rap y punk (también mucha cumbia).

Varios de mis amigos tenían bandas. Ensayaban, tocaban instrumentos y podían transformar sus ideas en algo que realmente sonaba. Yo no tenía banda ni habilidad con los instrumentos. Tampoco cantaba. Y tampoco sabía cómo producir música ni tenía las herramientas necesarias para grabar lo que imaginaba.

Por eso, aunque siempre me gustó escribir, cuando escribía canciones quedaban en el papel y en mi cabeza. Me imaginaba cómo debían sonar, podía escuchar mentalmente sus ritmos y melodías, pero nada más. De esas canciones, mi favorita siempre fue “El títere que ve los hilos”. Con los años perdí el papel donde la había escrito, pero nunca perdí la canción, porque me parecía genuinamente muy buena y persistió en mi memoria.

Dándole vida a “El títere que ve los hilos”

El año pasado, experimentando con Inteligencia Artificial, le puse música a tres letras de canciones, dos que escribí en esos momentos y la tercera era la que me acompañaba desde chico. La primera de esas canciones fue “Por qué Chile es el país más rapero del mundo”, a la que le hice un videoclip que ya supera las 15 mil reproducciones.

En ese caso, lo que hice fue entregarle la letra a Tunee e ir probando distintos prompts y haciendo ajustes, hasta llegar a la versión definitiva, tras alrededor de 40 iteraciones.

En el caso de “El títere que ve los hilos” lo hice de otra forma. También usé Tunee, pero esta vez le entregué una grabación hecha por mi, a capella, con la letra, ritmo y melodía. Es decir, canté y tarareé.

Le pedí a Tunee varias versiones punk rock de mi grabación, porque así me la imaginaba, algo tipo discos antiguos de The Offspring o de Los Miserables. Tras más de 20 iteraciones, no logré dar con algo que me satisficiera. Entonces la IA me sugirió probar algo estilo post punk con otros detalles que ahora no recuerdo. Y así llegué a la inesperada versión definitiva, que me encantó como quedó.

Después vino el videoclip. Durante varios días fui creando imágenes para representar el universo de la canción. Probando distintas cosas llegué a los personajes con cabezas de códigos o pantallas, manejados por hilos que desaparecen hacia el cielo.

El trabajo de las imágenes lo hice todo con ChatGPT, que hace rato me entrega resultados muy buenos. El chatbot de OpenAI ha alcanzado una “comprensión del mundo” realmente impresionante que facilita mucho tanto la generación como la modificación de imágenes.

Con el generador de videos Gemini Omni hice las animaciones. Aunque no siempre mantuvo completamente el estilo de las imágenes que le entregué, la verdad es que esta herramienta logra cosas muy buenas, y si el videoclip no quedó mejor y más consistente fue porque no me quise tomar más tiempo en las iteraciones.

El montaje lo hice en CapCut, que facilita mucho todo el trabajo que requiere ajustar distintas escenas, cambiar encuadres y eliminar detalles indeseados.

Así llegué al videoclip que acompaña a “El títere que ve los hilos” desde hace un par de días, cuando subí mi nueva creación a mi canal de YouTube. El resultado musical me dejó fascinado. No así lo que logré con el video. Pero creo que éste funciona lo suficientemente bien como soporte y refuerzo de un mensaje tan claro y honesto como un niño de 14 años.

Videoclip de “El títere que ve los hilos”

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