En 2036 no será necesario trabajar, porque robots con IA harán todo y entraremos a una época de abundancia. Eso dijo Elon Musk hace unos días, en una entrevista con The Economist, poniendo en evidencia una ingenuidad que, viniendo de alguien como él, alcanza niveles de locura.
Trabajo con Inteligencia Artificial todos los días. Enseño a usarla, la pruebo, la explico y también intento bajarla del pedestal donde suelen instalarla quienes necesitan venderla como una fuerza sobrenatural. No soy enemigo de la tecnología, sería absurdo. Pero precisamente porque conozco su utilidad, me irrita la tendencia que pretende convertir cada problema humano en un problema de ingeniería.
Elon Musk asegura que una Inteligencia Artificial suficientemente avanzada podría conducirnos hacia una sociedad con recursos para todos. Suena precioso. También suena sospechosamente cómodo para quienes están construyendo, controlando y cobrando la entrada a esa supuesta utopía.
Musk pronostica una era de “abundancia para todo el mundo”, con robots capaces de producir tanto que trabajar sería opcional y el dinero terminaría perdiendo importancia. El problema de esa proyección es que después habría que resolver ciertas cuestiones políticas. Y ese “después” es extraordinario: primero construiremos máquinas más inteligentes que la humanidad y, después, cuando tengamos un rato, veremos quién será dueño de ellas, quién recibirá sus beneficios y quién podrá comer. ¿Qué podría salir mal?
Las cifras que Elon Musk y demás magnates de la IA parecen desconocer
Mientras los profetas tecnológicos anuncian el fin de la escasez, alrededor de 645 millones de personas padecieron hambre en 2025 y unos 2.100 millones sufrieron inseguridad alimentaria moderada o grave.
El Banco Mundial, usando su nueva línea de pobreza extrema de US$3 diarios, estimó que 838 millones de personas vivían en pobreza extrema en 2022.

En ese escenario, supongo que no estamos esperando que una IA descubra que el cuerpo humano necesita calorías. Tampoco necesitamos una superinteligencia para saber cultivar trigo, almacenar arroz, vacunar niños o transportar medicamentos. Los organismos humanitarios identifican hace años los principales obstáculos: guerras, pobreza, desplazamientos, inflación, bloqueo de rutas, falta de financiamiento y decisiones políticas.
Ahora miremos dónde está realmente la abundancia. En sus ejercicios reportados de 2025, Amazon gastó US$128.320 millones en inversiones de capital; Alphabet (controlador de Google), US$91.000 millones; Meta, US$72.220 millones; y Microsoft, US$64.551 millones. En conjunto: aproximadamente US$356.091 millones. No todo ese dinero corresponde exclusivamente a IA, pero las propias compañías vinculan buena parte del incremento con infraestructura tecnológica, servicios en la nube, servidores, centros de datos y capacidad computacional para Inteligencia Artificial.
La cifra no demuestra que invertir en tecnología sea malo. Lo que demuestra que cuando existe voluntad empresarial, el dinero aparece a una velocidad casi sobrenatural.
Con apenas el 4,7% de esos US$356.091 millones se habría cubierto por completo el presupuesto de US$16.900 millones que el Programa Mundial de Alimentos solicitó para asistir durante 2025 a 123 millones de las personas más hambrientas del planeta. El gasto conjunto de las cuatro tecnológicas equivale a más de 21 veces esa petición anual.
Por supuesto, construir centros de datos y alimentar personas son actividades diferentes. Esa es justamente la gracia de la comparación: permite observar que la humanidad puede movilizar en doce meses veintiún presupuestos contra el hambre cuando espera obtener rentabilidad, pero no logra reunir uno cuando el retorno consiste únicamente en que otros seres humanos no mueran.
La comparación puede volverse todavía más obscena. UNICEF pidió US$7.660 millones para 2026, apenas el 2,2% del gasto acumulado de los gigantes tecnológicos, con el propósito de llevar asistencia vital a 73 millones de niños atrapados en guerras, desastres y crisis humanitarias.
Gavi (alianza internacional para la vacunación) solicitó al menos US$9.000 millones para todo el período 2026-2030, un 2,5% de aquella suma, para vacunar a más de 500 millones de niños y adolescentes y evitar entre ocho y nueve millones de muertes. Dicho de otro modo: una fracción menor de la infraestructura levantada durante un año por cuatro empresas equivale al financiamiento requerido para cinco años de uno de los mayores programas de vacunación de la historia.
En 2025, UNICEF recibió US$2.960 millones en financiamiento humanitario. Con esos recursos y el trabajo de sus socios consiguió proporcionar agua potable a 36,2 millones de personas, vacunar contra el sarampión a 38,7 millones de niños y prestar servicios de detección o tratamiento de la desnutrición a 98,8 millones de menores de cinco años. Los US$356.091 millones equivalen a más de 120 veces todo ese financiamiento. Y el llamamiento humanitario completo de Naciones Unidas para 2026 solicita US$33.000 millones para apoyar a 135 millones de personas: menos del 10% de la inversión combinada de esas cuatro compañías.
No falta dinero. Falta decidir que ciertas vidas tienen una prioridad comparable a la próxima generación de procesadores. La desigualdad tampoco espera una solución matemática. El World Inequality Report 2026 calcula que el 10% más rico posee tres cuartas partes de la riqueza mundial, mientras la mitad más pobre conserva apenas el 2%. Más brutal todavía: menos de 60.000 personas, el 0,001% de la población, controlan tres veces más riqueza que la mitad de la humanidad.
En ese contexto, prometer que la IA generará abundancia sin explicar quién será dueño de los modelos, los robots, los centros de datos, la energía y las patentes es como prometer una lluvia milagrosa sin mencionar que alguien ya compró todos los embalses. La tecnología puede multiplicar la producción. También puede multiplicar la concentración.
Musk propone que, cuando la automatización destruya empleos, el Gobierno entregue cheques para financiar un “ingreso alto universal”. Es una confesión interesante: al final, incluso su paraíso robótico necesita Estado, impuestos, transferencias y redistribución. Necesita, precisamente, aquello que su relato intenta presentar como un trámite posterior.
Una máquina puede fabricar diez millones de panes; no puede decidir por sí sola entregárselos a quienes tienen hambre. Puede producir una riqueza gigantesca; no puede obligar a sus propietarios a compartirla. Eso requiere leyes, sindicatos, instituciones, políticas públicas y ciudadanos dispuestos a disputar el poder. En otras palabras: requiere voluntad humana.
Si la distribución continúa dependiendo de la política, entonces la inteligencia nunca fue el componente ausente. Ya tenemos vacunas que no llegan a todos, alimentos que se desperdician mientras otros pasan hambre, tecnologías limpias que avanzan más lento que los intereses fósiles y medicamentos cuyo precio excluye a quienes los necesitan.
Nuestra tragedia no consiste solamente en ignorar soluciones. Consiste en conocerlas y decidir no aplicarlas. Como periodista e instructor de IA, llevo tiempo insistiendo en una idea menos espectacular, pero bastante más honesta: estas tecnologías son herramientas, no magia. Sirven para investigar, escribir, comparar, crear, automatizar y descubrir. No reemplazan el criterio ni la responsabilidad humana.
Las proyecciones de Musk se parecen demasiado a esos cursos mediocres que anuncian que un “prompt secreto” cambiará tu vida: muestran el resultado maravilloso y esconden todas las condiciones necesarias para alcanzarlo. En este caso, la letra chica incluye redistribuir riqueza, terminar guerras, cobrar impuestos, garantizar derechos, enfrentar monopolios y aceptar que quizás quienes poseen más tendrán que poseer un poco menos. Curiosamente, esa parte nunca aparece en la diapositiva principal.
No necesitamos esperar una Inteligencia Artificial general para alimentar a quienes hoy tienen hambre. Necesitamos gobiernos que prioricen a las personas por sobre los mercados, empresas que paguen lo que corresponde, organismos internacionales financiados, corredores humanitarios abiertos y sociedades capaces de considerar intolerable lo que se ha vuelto paisaje.
La IA puede ayudarnos a producir más, anticipar sequías, optimizar rutas y desarrollar medicamentos. Bienvenida sea. Pero ninguna red neuronal puede fabricar solidaridad donde hemos decidido cultivar indiferencia.
Por eso, quizás Musk tenga razón en algo: todavía nos falta inventar una capacidad que parece sobrehumana. Solo que no se trata de una nueva inteligencia. Irónicamente, lo que necesitamos con urgencia es algo así como voluntad artificial. Y mucha.

