Hay una idea que se está poniendo peligrosamente de moda en algunos círculos (yo la he visto repetirse en LikedIn): que el ser humano se ha convertido en el “cuello de botella” en el trabajo con Inteligencia Artificial.

La “lógica” detrás de esa afirmación es que la IA puede analizar enormes cantidades de información, escribir, programar, resumir, calcular y ejecutar tareas a una velocidad que ningún humano puede igualar. Por lo tanto, si después tenemos que esperar a que una persona revise lo que hizo y le dé el visto bueno, estamos desperdiciando toda esa velocidad.

La solución que se propone en ese escenario es tan simplona como el planteamiento del “problema”. Según los “expertos” (provenientes del ámbito del marketing, por lo general) hay que apuntar a mecanismos para sacar al humano del loop.

Me resulta incomprensible que haya tantos dispuestos a defender esta manera poco elegante de disfrazar de eficiencia la falta de noción de realidad. Porque una cosa es automatizar tareas y otra muy distinta es automatizar la responsabilidad.

¿”Cuello de botella” o naturaleza de las cosas?

Mario revisa documentos junto a una bandeja de archivos generados con IA, para la columna sobre el cuello de botella y la revisión humana.
La revisión humana y la responsabilidad por el resultado son parte del trabajo con Inteligencia Artificial.

Un gerente puede tener diez asesores. Un ministro puede tener cincuenta. Una empresa puede contar con abogados, consultores, analistas, softwares especializados y ahora también con modelos de Inteligencia Artificial capaces de procesar cantidades gigantescas de información. Pero al final alguien toma la decisión. Y esa persona no puede limitarse a ponerle un timbre a lo que le entregó su asesor favorito.

El trabajo real de una persona a cargo de cualquier labor o tarea consiste, precisamente, en revisar, entender, contrastar y decidir de acuerdo con su conocimiento, su experiencia y su criterio. Las decisiones no se pueden delegar y el tiempo necesario para tomarlas es intransable, porque simplemente es parte de la realidad del trabajo.

Hace pocos días tuvimos en Chile un ejemplo casi caricaturesco. En la Corte de Apelaciones de Santiago se emitió un fallo cuyo texto incluía un prompt destinado a una IA, con instrucciones que partían diciéndole que actuara como juez y redactara determinados fundamentos. Alguien o más de alguien no quiso hacer su trabajo y el daño a la credibilidad de los tribunales que provocó esta situación es difícil de cuantificar, pero no creo que sea menor.

La crítica vale especialmente para un fallo judicial, porque estamos hablando de decisiones que afectan derechos fundamentales, pero también vale para una presentación comercial, un contrato, una campaña de marketing, un informe financiero, una propuesta enviada a un cliente, una pieza periodística o un simple correo electrónico.

Por eso me molesta tanto esta obsesión por llamar “cuello de botella” al ser humano. Como si se pretendiera desconocer que hay cosas que toman tiempo porque hacerlas toma tiempo. Y no todo minuto que logramos eliminar de un proceso representa una mejora.

Leer un libro toma varias horas. Nadie sensato diría que el principal problema de los libros es que tienen un gigantesco cuello de botella humano, porque necesitamos leerlos página por página. Una película dura dos horas. Sería absurdo entrar al cine y reclamar porque estamos “perdiendo demasiado tiempo” y exigir que desde ahora todas las películas se proyecten a velocidad 1,5.

Sin embargo, cuando hablamos de Inteligencia Artificial, empezamos a ver como proliferan razonamientos igual de absurdos. La máquina produce algo en treinta segundos y entonces nos parece intolerable gastar diez minutos revisándolo. ¿Por qué? Esos diez minutos no son un defecto del sistema: son parte del trabajo.

La IA puede reducir brutalmente el tiempo necesario para llegar a un primer resultado. Excelente. Puede investigar, proponer, comparar, escribir borradores, encontrar patrones y hacer en minutos tareas que antes podían tomar horas. Fantástico. Aprovechemos todo eso.

Pero si gracias a la IA una tarea que antes tomaba cinco horas ahora toma veinte minutos, no transformemos inmediatamente esos veinte minutos en el nuevo enemigo. Quizás esos veinte minutos son justamente los que necesitamos para hacer aquello que todavía nos corresponde hacer a nosotros: pensar y ejercer nuestras responsabilidades.

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