Desde 2009, decenas de miles de escolares en Chile (cerca de 100 mil este año) reciben un laptop a través al programa “Yo elijo mi PC”. De esa forma, se ha contribuido a combatir la brecha digital, enfocándose en familias de recursos económicos bajos.
La idea fue bienvenida en su momento y ha mantenido su vigencia, por razones obvias, ya que la tecnología de computadores e Internet (el programa incluye un año de conexión gratis) es determinante para facilitar procesos educativos y laborales desde fines del siglo pasado.
En ese contexto, es llamativo -por no decir directamente ridículo- que un gobierno pretenda recortar el acceso de los escolares a computadores en una época en que la Inteligencia Artificial multiplica las posibilidades de esas herramientas. Por eso me parece evidente dejar sin fondos “Yo elijo mi PC” y las demás iniciativas de Becas TIC revela una mirada peligrosamente estrecha sobre lo que significa hoy tener tecnología a disposición.
“Yo elijo mi PC” es uno de los programas integrados en las Becas TIC de Junaeb (Junta Nacional de Auxilio Escolar y Becas), junto con “Me conecto para aprender”. Fue implementado hace 17 años por el gobierno de Michelle Bachelet y los mandatarios que vinieron después (Sebastián Piñera en 2 periodos, la propia Bachelet en su segundo periodo, y Gabriel Boric) lo mantuvieron.
Pero José Antonio Kast decidió que el proyecto de Presupuesto 2027 del Gobierno de Chile deje sin financiamiento explícito este beneficio. El ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, explicó en Radio Infinita que el Gobierno evaluó programas públicos para reducir el gasto fiscal. Consultado por este beneficio, dijo: “No recuerdo este en particular, pero de seguro tenía hallazgos”. Una decisión que afecta el acceso tecnológico de los estudiantes y sus familias merece una explicación mejor.
Si existen problemas de gestión, corresponde corregirlos. Si los equipos se entregan tarde, hay que entregarlos a tiempo. Si la cobertura es insuficiente, hay que revisar cómo ampliarla. Suprimir la herramienta por las fallas del programa es hacer que los estudiantes paguen por los problemas de la administración, en un contexto de necesidad tecnológica imperiosa.
El valor de un computador ya no cabe en la vieja cuenta
La discusión debería partir de una ecuación básica. El valor de un computador depende también de lo que permite hacer. Si antes ese valor podía representarse como X, hoy, con la Inteligencia Artificial, el valor subió a X elevado a 5 o a 10.
Con herramientas de IA se pueden elaborar borradores, generar imágenes, traducir textos y producir código. La UNESCO describe usos educativos para practicar idiomas, revisar escritura y recibir apoyo en programación o aritmética. Un computador conectado permite trabajar con esos recursos y convertir una idea en un proyecto que antes podía exigir conocimientos técnicos mucho más especializados.

Además, el beneficio puede extenderse más allá del estudiante. Ese notebook puede compartirlo una familia. Un hermano puede estudiar; una madre o un padre pueden preparar un currículum, aprender una herramienta o trabajar en una propuesta para un pequeño negocio. El computador entra a una casa, donde sus usos pueden superar ampliamente la tarea escolar que justificó su entrega en primer término.
Por supuesto, aprovecharlo requiere aprendizaje, orientación y criterio. Precisamente por eso resulta absurdo retirar una vía de acceso. La respuesta a una tecnología que exige nuevas habilidades debería ser más formación y mejores oportunidades para practicar.
“Yo elijo mi PC” y una brecha que se abre por dos lados
La desigualdad de partida tiene cifras concretas. La encuesta de Subtel, la Subsecretaría de Telecomunicaciones, y Cadem de 2025 registró un uso de notebooks para conectarse a Internet en el hogar de 88,7% en el grupo socioeconómico alto y de 46,4% en el bajo. Son 42,3 puntos porcentuales de diferencia.
Ese dato describe el uso de equipos en el hogar, sin asegurar un computador individual para cada estudiante. Para una familia que puede comprar otro notebook, terminar “Yo elijo mi PC” cambia poco. Para quienes dependen de esa entrega, significa perder una vía de acceso a una herramienta que otros hogares ya tienen.
Ahí aparece el daño doble. El primer golpe es la distancia entre quienes disponen de un computador y quienes tienen dificultades para acceder a uno. El segundo es la distancia entre quienes pueden explorar las nuevas capacidades de la IA y quienes quedan con menos oportunidades para aprender a utilizarlas. O sea, se reduce el acceso al equipo justo cuando crece el valor de lo que permite hacer.
Las aplicaciones educativas tampoco son una promesa remota. El Banco Interamericano de Desarrollo identificó 193 iniciativas de IA educativa en 22 países de América Latina y el Caribe, con herramientas de alfabetización, aprendizaje adaptativo y apoyo en matemáticas y ciencias. La transformación ya está entrando a las aulas.
En definitiva, un gobierno puede exigir eficiencia, revisar compras y mejorar programas. Lo que resulta indefendible es llamar ahorro a cerrar una puerta de acceso tecnológico para quienes tienen menos alternativas. En plena expansión de la IA, el desafío es que más familias puedan participar de ese cambio. Retirar los computadores de “Yo elijo mi PC” apunta en la dirección contraria.

